Pasa el tiempo y nos quedamos como estamos o como estábamos hace unos años. No avanzamos y nos quedamos atrás. Pero hoy, vamos a ser un pelin optimistas (para que luego se me diga que soy la mayor expresión de la decadencia y el negativismo).
Ya he hablado de que la gente que pasa nuestra vida se va sin decir adiós. Vale, hay gentuza que no merece la pena. Gente que "malmete" sobre los demás. O gente que solo te utiliza de forma absolutamente interesada. Gente que se vanagloria del daño que te hace (y además no se disculpa o lamenta por ello). Si una persona te va a utilizar lo hará hasta el final. Y aunque yo intente cambiarlo es casi imposible.
Pero, quedan resquicios. Hay gente que merece la pena y, aunque, tampoco son multitud son lo poco que hace que la vida valga la pena. Otros días podría hablar de mi "hermano" o de V. Cid pero hoy hablaré de mi hija. Solo de ella.
Hijas no hay muchas. Yo tengo suerte de que haya tenido una hija siendo tan joven. En una inmensa suerte tener una hija que naciera antes que yo. Esas cosas mágicas de la vida hay que saber aprovercharlas. Una hija es una hija. Y solo tengo una (de momento, aunque dudo de que tenga más), así hay habrá que disfrutar de ella.
He tenido suerte. Mi hija no está en el primer grupo de personas de las que he hablado antes. Realmente, es la única persona que me saca de paseo cual perrete callejero. Y eso, en estos tiempos que corren, hay que agradecerlo. Uno está sumido en el ocaso y si no estuviese Hija llamándome un servidor estaría más cerca de tirarse (por fin) por el acueducto de Segovia. Pero, Hija me saca de mi letargo. Sin ella me hundiría en el fango del sinsentido de la vida.
Aunque yo ya sabía que Hija merecía la pena. Lo sabía desde hacía meses. Antes del fin universitario todo era bucólico pero yo intuía que Hija seguiría apoyando y no diría "Adios, muy buenas". Hija es de verdad, y de las pocas personas en las que uno puede confiar. Yo confío.
El paso del tiempo pone a cada uno en su sitio. Es una frase hecha pero tiene mucho sentido. Como Hija siempre ha sido "genial y fantástica" (como ella dice), el tiempo no tendrá que ponerle en terrenos infernales. Ese paraíso esta reservado para otros.
miércoles, 24 de octubre de 2012
lunes, 8 de octubre de 2012
Reflexiones de una vida fracasada (y II)
Las personas pasan
por tu vida y, de repente, se van. Muchas veces sin ni siquiera decir adiós. Y,
como un estúpido, esperas inútilmente que regresen de alguna forma a tu vida.
Lo haces, aún sabiendo, que eso no va ocurrir jamás de los jamases. Al final, solo
somos granos de arena que se pierden en el fango sin ningún rumbo. Y, las
personas, se pierden porque te das cuenta que realmente le importas a muy poca
gente.
¿Cuánta gente te engaña vilmente y se ríe en tu cara y,
además, se vanagloria de ello? En el fondo, no tanta gente. El problema es la
importancia que puedan tener en uno. Es muy triste darte cuenta de que no le
importas absolutamente nada a alguien que es demasiado primordial en la vida de
uno. Eso, te puede llegar a destruir. No
por un sentimiento especial sino por el simple hecho de sentirte la persona más
fracasada sobre la faz de la tierra.
Por eso, las personas vienen y van. Sobre todo, se van.
Reflexiones de una vida fracasada
Los sentimientos son muy poderosos. A veces, incluso,
devastadores. El problema es no poder atajarlos antes y evitar así un dolor que
se extingue con el paso del tiempo.
Quizás, en ese paso del tiempo es donde uno puede recrearse a sí mismo y
hallarse como persona y comprender que las cosas, a veces, son más fáciles de
aceptar.
Vivimos así; y lo hacemos continuamente. Sería fácil vivir
como una ameba o un perro. Tendríamos menos problemas y la felicidad nos
visitaría cada día. Pero no, no somos ningún toro ni ninguna vaca, somos lo que
somos: personas imperfectas en todos los sentidos. Así vamos creciendo y nos
completamos a nosotros mismos poco a poco.
Hay cosas que, sin duda, cuesta mucho entender; muchísimo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)