Hay cosas que se repiten en esta primera semana de Junio.
Contemplo las rondas finales del Roland Garros ansiando la victoria de Rafa
Nadal sabiendo que el momento de mayor felicidad del año solo me lo puede dar
el tenista balear. Este 2013 lo veo muy jodido.
Tengo más miedo a Novak Djokovic que el gallego franquista de Fraga a los
condones. En aquella semana acabó la vida universitaria con la graduación como
colofón final. Viernes 8.
Aquel día se supone que tiene que ser legendario y
grandioso, etc. A un año vista pienso que fue un fracaso tremendo. Y de nada
sirve que saliese de mi casa a las 15 horas del viernes y volviese a las 23 del
sábado. Dicho así parece que fuese la fiesta más salvaje y la orgía más memorable de mi vida. Pero todo muy lejos de la realidad.
Lo único que une todo esto es Nadal. El viernes se jugaban
las semifinales del grand slam parisino. Sobre las 13.00 comenzaba la primera
semifinal entre Rafa y David Ferrer.
Andaba algo jodido porque tenía que largarme de casa pronto para llegar a Mordor. La tierra de Sauron era el
lejano lugar donde había que ir a escuchar al Señor Rector y demás ultra
católicos sectarios. Pero Rafa apalizó de tal forma a David que pude ver el
partido completo. “No puede empezar mejor
el día”, debí pensar.
Mi camino seguía los pasos establecidos. Con mi compañero (y
amigo) del alma y algún que otro intruso fuimos en su coche hasta Mordor. Una
vez allí, no había ningún Monte del Destino solo tíos trajeados y tías con
vestidos fardando de estar buenas. Recuerdo mucho calor y que Nacho me informó
de la victoria de Djokovic sobre Federer en la segunda semifinal. “Estamos bien jodidos”. Pero, en aquel
momento poco debió importarme. Al fin y al cabo, íbamos a licenciarnos y pegarnos
la fiesta padre. ¡Qué importa el tenis!
En el fondo todo aquello era un paripé. Un decano idiota. Un
gordo gallego , el director del panfleto fascista del Abc, diciendo absurdeces. Un rector creyéndose el Papa de Roma. Y,
nosotros, con nuestras banderas grises en nuestros pechos. Grises como mi vida
y como casi todo lo que hubo esa noche.
Creo que el mejor momento de todo la noche fue cenar con
Jaime y con Lorena. Y alguien más que había por allí. Fue, a tiempo vista, el
momento más real, sin falsedad alguna. Luego se fueron sucediendo hechos. Y,
sobretodo, litros de alcohol. Pero, joder, era una noche para celebrar.
¿Para celebrar? ¿Era realmente una noche para festejar?
Supuestamente sí. Pero casi nada queda de aquello. Todo era burbuja irreal.
Aquella noche estabas rodeado de gente desconocida en una discoteca pequeña,
cutre, dónde caminar era una misión altamente complicada. Solo se festejaba el
final de una época. Aquí os quedáis y
espero tener la suerte de no ver de nuevo vuestros caretos falsos.
Por eso, un año después, puedo afirmar que la fiesta de mi
graduación universitaria fue uno de los días más lamentables y estúpidos de mi
vida. Una sucesión de hechos que no llevaron a nada. Si hubiese vuelto a mi
casa a la hora debida igual hubiese sido una noche divertida, con alcohol, y
con tres o cuatro amigos de verdad.
Los días posteriores a ese viernes 8 de junio fueron
terribles estaba tirarme al fuego y a la lava del ya citado Monte del destino.
Lo único que me quedaba era la final del Roland Garros. Aún recuerdo mi cara y
mi sufrimiento cuando Djokovic remontó un partido que llevaba perdido. Gracias
a la lluvia el partido se complicó. Yo andaba buscando una soga para decir
adiós a este mundo hasta que suspendieron el partido iniciado el cuarto
set. Rafa ganó los dos primeros, Novak
el tercero. La lluvia aplazó el partido para el día. El lunes 11 de junio de
2013 se decidió todo.
Digo todo esto porque lo único bueno de aquellos días fue el
resultado de la final. Ya sé que es triste mi vida. Eso está aceptado desde
tiempos inmemoriales. El tiempo dicta sentencia. La graduación y todo aquello
fue una soberana mierda. El culmen de una vida fracasada. Así que me refugié en
Rafa. Algo es algo, ¿no?
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